Cien años de inocencia – Rosa Belmonte – Libertad Digital

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La edad de la inocencia Es una pintura de Joshua Reynolds pintada en 1785 (o 1788). Puede representar a la sobrina nieta de Reynolds, Theophila Gwatkin, o Lady Anne Spencer, hija del duque de Marlborough. Esta pintura debe su título La edad de la inocencia, la novela de Edith Wharton que acaba de cumplir 100 años (Silla traducida por Martín Schifino). Edith Wharton vivía en París cuando lo escribió entre septiembre de 1919 y marzo de 1920 (un año después obtuvo el Pulitzer). Entre julio y octubre de 1920 se publicó en la Pictorial Review. Y más tarde como libro en D. Appleton and Company. Appleton, más audaz y vendedor que Scribner, su anterior editor, puso una banda en el libro que decía: “¿Tenía derecho a exigir el divorcio?”

Si Edith Wharton (1862-1937) ya era rica, sería más rica. La novela tuvo un éxito comparable al de siete años antes. La casa de la alegría. Su perezoso esposo le habría quitado las habitaciones y habría mantenido a varios amantes con la herencia de su esposa. Pero Wharton incluso tenía dinero para pagarle a un Henry James crepuscular y hacerle creer que el editor lo estaba haciendo (y no fue el único que lo hizo).

Todos en Europa escribían sobre la posguerra, pero ella decidió volver a su Nueva York, la que ya no existía. El que Henry James quería que escribiera (“lo que es real, lo que es nuestro, lo que es tuyo”). Una Nueva York que tampoco existía cuando Scott Fitzgerald encontró al escritor en Scribner Publishing y se arrojó a sus pies. Esa Nueva York de mente estrecha contada por la mente abierta y perspicaz de Wharton (dentro de un pedido). Ella era un poco Ellen olenska. Había tenido un matrimonio infeliz con Teddy Robbins y un amor posterior con William Morton Fullerton (y con algunas damas como Mercedes de Acosta, Warren Beatty o Julio Iglesias). Pero también era un poco arquero. Para aquellos que no han leído la novela y visto la película de Scorsese. Olenska es Michelle Pfeiffer y Archer es Daniel Day Lewis. En la novela, Olenska es morena.

Nueva York. Alrededor de 1870. El abogado Newland Archer se compromete con May Welland (una maravillosa Winona Ryder en la película de Scorsese) y luego conoce a la prima de su prometida, la condesa Olenska, quien ha regresado a los Estados Unidos después de un matrimonio infeliz con un conde polaco. Por supuesto, se enamora. Por supuesto, la sociedad es castradora. Todos se inclinan ante los buenos modales y lo que debería ser. Incluso si son los peores, aunque finjan, aunque sepan más de lo que aparentan (el caso de la virginal May). Hay otra pregunta en el libro, no en la tira. O sí, en el cinturón que sujeta esa sociedad: ¿Hasta qué punto las reglas sociales pueden decidir el destino de una persona? Pueden hacer infeliz a esa persona. Newland Archer ve y desprecia esas convenciones. Su suegro adúltero que juzga a los demás o el banquero Beaufort, que también le es infiel a su mujer y la compensa con joyas. Pero, ¿podrá salir del redil?

Olenska, aunque estadounidense, proviene de Europa, donde las costumbres son más relajadas. O menos estricto. Es curiosa esa paradoja que también se reproduce ahora. Nueva York es el futuro, el avance. La ciudad que asombra a Lorca y Camba. Pero en el fondo, Europa fue y está a la vanguardia. Y más ahora con toda la basura de identidad que ha venido de los Estados Unidos de sus prestigiosas y extravagantes universidades. Aunque ya sabes, como en el libro de Geraldine Smith, Vu en Amerique… Bientôt en Francia.

Scorsese estaba hablando de brutalidad con buenos modales. Director de Toro salvaje, Uno de los nuestros o casino. Apariencias, pertenencia a un grupo, control de otros. Esa brutalidad. Edith Wharton estuvo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y en esa alta sociedad supo describir mejor que Proust. Pensó que Proust era un snob. Y en cualquier caso, un renovador, no un innovador. Mientras pudieran coincidir, Wharton evitó hacerlo, como relata Jorge Freire en Edith Wharton. Una mujer rebelde en la era de la inocencia (Al revés). Un día, Proust se acercó a Helena Rubinstein para preguntarle cómo se maquillaba una marquesa y ella lo rechazó. “Olía a naftalina”, dijo. “¿Cómo iba a saber que iba a ser tan famoso?” La edad de la inocencia tiene cien años y no huele a naftalina. Edith Wharton tampoco. Es Nueva York, sí.

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