‘Contra la cinefilia’: ¿Ha ido demasiado lejos nuestra pasión por el cine?

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De la abyección. Ese era el título del texto que en junio de 1961 Jacques Rivette le dedicó a Kapo, dirigida por Gillo Pontecorvo. La película pretendía denunciar los horrores del Holocausto y a su estreno fue alabada casi unánimamente, precipitando su nominación al Oscar, pero a Rivette (miembro de la plantilla de Cahiers du Cinèmale había horrorizado lo suficiente como para motivar una inquina hacia Pontecorvo con visos de perpetuidad.

¿Cuál era el motivo? A su juicio, y por mucho que las intenciones de Pontecorvo fueran buenas, el travelling que envolvía a Emmanuelle Riva suicidándose desbarataba cualquier moralidad, al estetizar su sufrimiento. Poco antes, en 1959, el también escritor de Cahiers Louis Moullet alababa en contrapartida a Samuel Fuller, director tachado de reaccionario, y capaz no obstante de una ética en la forja de imágenes que Pontecorvo no podía aprehender.

Esta sorprendente consolidación de una militancia estética antes que ideológica no se vio constreñida a la época de esplendor de Cahiers du Cinéma y de la Nouvelle Vague, sino que fue prolongándose hasta nuestros días sin que apenas surgieran discursos críticos contra ella. “La idea de Jacques Rivette sobre la ética de las imágenes sigue siendo utilizada por los cinéfilos de hoy”, defiende el escritor Vicente Monroy, y tiene un ejemplo muy a mano.

“Sin ir más lejos, cuando el año pasado se estrenó Mientras dure la guerra, recuerdo haber leído a varios críticos que le afeaban a Amenábar que, aunque la historia tratara de ser moral y conciliadora, sus imágenes no lo eran. Es verdad que la película era una mierda, pero las críticas no eran mejores”, cuenta, descartando que el maremágnum de opiniones desatado por Internet haya podido defenestrar las tesis de Rivette o Moullet.

“Internet ha provocado el efecto contrario que cabía esperar: entre las nuevas generaciones se ha producido una especie de neoclasicismo cinéfilo, un regreso a los conceptos pre-modernos”, asegura el escritor. “Se utilizan de forma acrítica conceptos tan pasados de moda como el de puesta en escena, el de cine de autor, el de la relación entre forma cinematográfica y moral…”. 

A Monroy le inquietaba esta tesitura, y apeló a la necesidad de repensar cómo había funcionado la cinefilia hasta hoy. Dado que el cine ya tenía una edad, se antojaba más necesario que nunca.

¿Un romance exagerado?

El caso de Kapo probaba que “la autoridad del cinéfilo había superado a la del cineasta”, escribe Monroy en su nuevo libro Contra la cinefilia, que publica Clave intelectual con el subtítulo Historia de un romance exageradoEste ensayo repasa, así, cómo los cinéfilos se han relacionado con su amor durante más de un siglo. Concretamente durante 125 años, que son los que transcurrirán desde que los Lumière presentaran el cinematógrafo al público.

“El próximo diciembre se cumplen 125 años de la primera sesión de las películas de los Lumière. Hace 25 años, la celebración del centenario fue una ocasión perdida, una exaltación de la devoción cinéfila con una falta casi total de autocrítica”. Aunque, él mismo lo reconoce, esta efeméride dejó cosas interesantes, como el documental Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano estrenado en 1995. “Puede ser su obra maestra”, opina Monroy sobre el director de El irlandés.

Con la excepción del documental que puede verse actualmente en Filmin, el propósito de enriquecer este inventario fue el gran desencadenante de Contra la cinefilia. “El libro quiere adelantarse unos meses a la celebración del 125 aniversario del cine, poniendo en crisis algunos sobreentendidos que de otra manera volverían a pasar desapercibidos”.

Una de las líneas maestras en este memorable repaso es el ensimismamiento: darle la espalda a la realidad cambiante, compleja y carente de narrativa para dejar estancada la mirada en el imaginario cinematográfico, con la seguridad de que este ofrecerá un reflejo mejorado del mundo que se deja atrás. “La cinefilia tuvo alguna vez un fuerte componente socializador”, explica Monroy en relación al descubrimiento colectivo de este escapismo.

“El cine, un arte todavía sin teoría, permitió a los jóvenes cinéfilos juntarse, crear comunidades y entablar una batalla a su medida, inventar una nueva idea del arte que hablara de sus propios problemas. Por eso no es de extrañar que llegaran a decir ‘el cine no es un arte, el cine es el mundo’”. La relación establecida, por mucho que se pudiera acceder a ella en comandita, tenía un fuerte elemento intimista, que interpelaba a cada cinéfilo de una forma.

“Hace poco”, recuerda Monroy, “el director Montxo Armendáriz me contaba cómo, en un momento de su vida, el cine fue una forma de escapar de la dura realidad de los últimos años del franquismo. Y esta obsesión por el mundo del otro lado de la pantalla hizo que algunos, los más incautos, terminaran dando la espalda a nuestro mundo y se aislaran”.

La cinefilia aísla, genera individuos absortos, más preocupados por la moral que guía las imágenes que por aquella que ha de vertebrar el mundo. Y Vicente Monroy, nacido en Toledo en 1989, lo sabe bien. Porque solo un cinéfilo podría haber escrito Contra la cinefilia.

Los conflictos del amor contemporáneo

Contra la cinefilia da inicio con una anécdota, la primera de las muchas que aparecerán en sus páginas. Esta encuentra a André Bazin (en efecto, otra de las figuras totémicas de Cahiers) saliendo prácticamente en trance de una sesión de Paisà, dirigida por Roberto Rossellini en 1946. Piensa que acaba de ver la película más revolucionaria jamás rodada, pero es incapaz de articular palabra. La que más le cuesta pronunciar, de hecho, es “cine”.

Monroy equipara esta situación, entonces, a su experiencia cuando asistió a un pase de El río (Jean Renoir, 1951), y compartió el desvanecimiento de Bazin. “Mientras iba andando por la calle Atocha”, escribe, “me daba cuenta de lo extraño que me parecía que la gente siguiera a lo suyo después del milagro al que acababa de asistir; un extrañamiento de tipo existencialista”.

Gran parte de la sanción del ejercicio cinéfilo proviene de las experiencias personales del autor, y de un honesto estudio de estas. Monroy, por tanto, no duda en describir sus años de “cinéfilo empedernido” desde un prisma autocrítico: “Ser cinéfilo implicaba que si estaba en una fiesta y los demás empezaban a hablar de cine yo me quedaba en silencio, sonriendo con condescendencia”, explica en el primer capítulo, titulado juguetonamenteCiudadano Kane no es cine”.

“… pero también significaba que era mejor no hacerme hablar, porque entonces me lanzaba a una diatriba imparable y agresiva sobre la mediocridad de semejantes referencias”. Llegado a este punto Monroy admite que cinefilia significa “amor al cine”, pero que dado que el cine es el gran arte popular del nuevo siglo, es necesario especificar, y significar directamente actitudes como las descritas. Acaso necesarias de un matiz no solo emocional, sino identitario.

¿Cuántas veces hemos escuchado a algún interlocutor sesudo proclamar que tal película “no era cine”? ¿Qué nos dice este tipo de frases recurrentes sobre el ejercicio cinéfilo? “El cinéfilo es un espectador que organiza su propia vida alrededor de las películas”, contesta el autor en su libro. “No se conforma con amar al cine, sino que lo convierte en su ‘manera de ser’”.

Contra la cinefilia retrata este y otros disparates cometidos por los cinéfilos a lo largo de distintas generaciones, pero Monroy aclara que “lo hace con cierta admiración”. “Si no, no hubiera escrito el libro. Admiro esta obstinación, lo que Adrian Martin ha llamado ‘la cinefilia como máquina de guerra’. Sin ese espíritu combativo el cine habría estado perdido después de 1960”, admite.

Monroy no elude proyectar su mirada a la actualidad, y al igual que ocurría con el travelling de Kapo, se reencuentra con estas actitudes en los asuntos más insospechados. Como, por ejemplo, dentro de la concienciación del mainstream en tanto a demandas de diversidad racial, sexual y de género. “Parece que los conflictos feministas o anti-racistas son lo poco que queda de esta batalla entre la cinefilia internauta, así que estoy encantado de que existan”. 

Un (posible) fin para el idilio

Después de “esto no es cine”, otro argumento habitual entre los círculos cinéfilos es que “el cine ha muerto”. Y, pese a los escenarios interesantes que observa en el ahora, Monroy no puede distanciarse de esta última frase, haciendo gala de cierto pesimismo al contemplar las citadas inquietudes sociales del mainstream, donde “se introduce la representación de manera unidreccional, con el mundo de las películas escenificando redenciones simbólicas de las injusticias del nuestro”.

Él mismo escribe que “el mayor interés de esta tendencia se encuentra en la respuesta de los sectores más reaccionarios de la cinefilia (…) ‘El triunfo de la corrección política’ es por tanto una original reescritura de la vieja máxima ‘un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo’”Lejos de estos jugosos conflictos, sin embargo, el cine actual parece tener  pocos alicientes para el cinéfilo melancólico.

“El cine ya casi no habla del mundo, solo habla de sí mismo. Se ha convertido en un comentario filmado sobre sus propias convenciones”, asegura. “Lo vemos por todas partes: las series de la HBO ponen en escena un ideal cinematográfico caduco, los remakes se han convertido en una plaga, y en el cine de autor la cosa no cambia: películas como las de Lucrecia Martel, Paul Thomas Anderson, Bong Joon-Ho, Philippe Garrel, Pedro Costa o Céline Sciamma muestran un ensimismamiento aterrador”.

En este punto Monroy alude nostálgicamente al precedente sentado por los Lumière. “El cine debería ser una excusa para mirar el mundo, lo que les ocurre a las personas. Como en las películas de los hermanos Lumière, que enviaron a camarógrafos a viajar alrededor del mundo para grabar y proyectar películas, y en ese proceso pusieron la imagen del mundo en movimiento. Esa primera intuición de realidad nunca debió perderse”, resuelve.

Estas y otras argumentaciones dan cuenta de un afán iconoclasta, acaso deseoso de terminar de una vez por todas con la cinefilia convencional ahora que está de aniversario. Y, como no podía ser de otra forma, efectivamente Contra la cinefilia no ha dejado indiferente. “Se me acusa de insultar a los cinéfilos, de tacharlos de enfermos, incluso la Filmoteca Española ha hecho un comunicado en el que se posicionan en contra del libro”, reconoce Monroy.

En este punto, el autor propone que se preste más atención al título del libro, a ese “contra” que lo encabeza, antes de generar juicios apresurados. Todos se centrarán en el plano, pero olvidarán el contraplano, y sabemos que sin contraplano no hay diálogo. El plano es la historia del cine, y ¿cuál es el contraplano? La historia de la mirada, de la cinefilia, nuestra propia historia, que es tan fascinante como la del cine o más”.

“La preposición que abre el título del libro tiene más que ver con esto, con la intención de mostrar el contraplano del dogma cinéfilo”, concluye. “Y Contra la cinefilia es sobre todo una declaración de amor a un futuro posible del cine.”

“Los cinéfilos solo saben amar el pasado del cine y un poco de su presente. En el libro me pregunto por el futuro de este amor, y digo que solo puede pasar por una crítica radical a los dogmas de la cinefilia, que ya no nos sirven”.

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