Vuelven los fantasmas a Seseña, epicentro de la crisis anterior

doctor weight loss



“Lo pasamos muy mal”, lamenta Conchi, una vecina de Seseña (Toledo), cuando recuerda lo que sufrió el pueblo con el estallido de la crisis financiera, tras unos años gloriosos dedicados al ladrillo. El municipio es el símbolo por excelencia de la burbuja inmobiliaria española y sus impactos.

“Todos tenían un familiar o conocido que dependía de la construcción”, dice el vecino. Con la crisis económica derivada de la pandemia, ella misma reconoce que los fantasmas de esa época están reviviendo, incluido el desempleo. “Se quitaron muchos puestos de trabajo en esos años”, explica. De hecho, en 2014, el 25% de la población se encontraba en paro debido al paro de la construcción, según un informe del Ayuntamiento. Ahora, tras años de recuperación del empleo, el número de parados ha vuelto a asimilarse a aquellos tiempos más oscuros y sube a 2.219, el 20% de la población.

De la misma forma que cuando “todo paró” en 2008, recuerda Conchi, refiriéndose a la desaparición de las grullas que ocupaban el paisaje de Seseña, hace unos meses se repitió la situación. La razón, sin embargo, fue muy diferente: un confinamiento obligatorio debido a la epidemia de covid-19. Si bien tanto ella como Fátima, la bibliotecaria del pueblo y vecina de toda la vida, no dudan en decir que “va a costar mucho levantar la situación”, en lo que a la gente respecta, también creen que la transformación “brutal” que Seseña Lo que ha vivido en los últimos años hará que el impacto “no sea el mismo”, sobre todo porque en el municipio “no todo el mundo se dedica a la construcción, como antes”, explican, lo que a la vez tiene mucho que ver con el cambio demográfico.

En 1998 Seseña tenía una población de 3.866 personas, mientras que en 2019 hay 25.835 habitantes empadronados. Es por eso que los residentes quieren derrocar la idea de un “pueblo fantasma” que se clasificó cuando los cientos de casas construidas en la década de 2000 aún no estaban llenas. El suyo es un pueblo, sin embargo, que “no se gana la vida en el pueblo” sino que “sale a trabajar todo el día”, dice Ana, la dueña de la churreria en el casco antiguo de Seseña. Ella es quien explica que cuando se empezaron a construir las primeras urbanizaciones en el pueblo, se “notaba” en la caja, con una constante entrada y salida de clientes que con el inicio de la crisis financiera perdieron abruptamente, pero que van recuperándose con el tiempo. Ahora, tras el encierro, asegura que los clientes han vuelto, “aunque no será como en esos años”.

En las calles del casco antiguo de Seseña, sin embargo, hay poco más que bares, ya que muchas pequeñas persianas están cerradas. Esta imagen no es solo una continuación de la hibernación económica durante la pandemia, explican los vecinos. La transformación vivida desde el boom inmobiliario repercutió en el modelo de negocio. “Ahora dirigen las grandes tiendas, las pequeñas tiendas desaparecieron”, dice Conchi. Maite, que trabaja en una de las inmobiliarias de Seseña, uno de los pocos legados que quedan vivos de aquellos años efervescentes, explica, por ejemplo, que solo queda un horno. Por el contrario, el negocio inmobiliario sigue funcionando. Las razones son pisos baratos en comparación con Madrid, y cerca de la capital.

‘El Pocero’, el comienzo de todo

Para ganar el juego de Monopoly necesitas comprar el número máximo de casillas y, a partir de ahí, hacer negocios. El constructor y empresario Francisco Hernando, conocido popularmente como Paco el pobre hombre, solo necesitaba un palco, llamado Seseña, para, como dicen los lugareños, “plantear su proyecto personal”. A finales de los noventa Hernando dejó caer su carnet en este municipio del norte de Castilla-La Mancha, en la frontera con Madrid.

Con su llegada, la construcción pasó a trasladarlo todo, recuerdan los vecinos. Y no siempre había sido así: Conchi explica que “históricamente en Seseña se trabajaba en el campo o en la fábrica de calzado”.

Hoy se ve el resultado de ese mercado laboral, tan suculento en su momento, llegar con el autobús que va de Madrid a la ciudad -el único medio de transporte público, ya que la estación de tren está cerrada-. En medio del paisaje seco y amarillo de Castilla, a cuatro kilómetros de la población de Seseña y junto a los polígonos industriales, el pobre hombre proyectó allí 13.508 viviendas.

Es el Quiñón, uno de los cinco núcleos de Seseña. Bloques de hasta diez pisos que se convertirían en una de las obras privadas más grandes del estado. Las primeras llaves se entregaron en 2007, recuerda Maite. Hernando había dejado previamente las llaves de algunas de las cientos de villas que construyó junto al casco antiguo. El engranaje del sector de la construcción, el llamado Milagro español, parecía funcionar bien. “La gente estaba muy contenta, se les pagaba mucho y había mucho trabajo”, explica Fátima, la bibliotecaria.

Pero “no a todo el mundo le gustó su forma de hacer negocios”, dice Conchi. Los años dorados de el Pobre cosa, murió esta primavera de covid, significó especulación, corrupción y clientelismo. De hecho, el proyecto El Quiñón, a medio terminar, incluye dos alcaldes y una licencia irregular que nunca se ha aclarado. “Estos son los pros y los contras del desarrollo”, dice Fatima cuando piensa en lo que significó el boom inmobiliario. Hoy, nuevamente en crisis, el legado de la época en las calles del pueblo son solares baldíos con carteles de “Se vende”.

amazon gift card

Source