La generación de la doble crisis.

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Cumplieron 18 años en 2008, cuando la quiebra de Lehman Brothers causó la penúltima y más larga crisis económica, y este año celebran su trigésimo con la crisis del coronavirus, que nadie se atreve a determinar cuánto durará. ARA ha reunido a cinco colegas que estudiaron la escuela secundaria juntos en el Institut Gorgs en Cerdanyola del Vallès para descubrir cómo lidian con esta nueva agitación. Ellos y el resto de su clase explicaron en un informe publicado hace cuatro años cómo la crisis de 2008 los había condicionado en su ingreso al mundo laboral.

En 2016, Sandra García estaba buscando trabajo. A los 26 años, solo había tenido un contrato temporal de seis meses en una empresa. Actualmente se encuentra en la misma situación nuevamente. Además del nivel intermedio de formación profesional que ya tenía, durante este tiempo ha cursado dos títulos superiores: uno en educación infantil y otro en interpretación de lenguaje de señas. Ambos grados no han abierto las puertas al mundo del trabajo. En 2018 encontró trabajo en una tienda por departamentos, pero cuando su último contrato expiró en julio, decidió mudarse a Andalucía para vivir con su pareja. Allí le ofrecieron inmediatamente un trabajo en una tienda por departamentos, donde ha encadenado contratos temporales hasta el 14 de abril, cuando terminó su último.

Ahora está seis meses desempleado, ganando 500 euros al mes. Serán el único ingreso que ingresará a su hogar. Su compañero debía comenzar a trabajar en un hotel en marzo, pero el coronavirus impidió el cierre del establecimiento. “Tenemos un alquiler de 250 euros que no pudimos pagar este abril o los servicios básicos: electricidad, agua …” Si la situación no cambia, la pareja se separará nuevamente y cada uno se irá a vivir con sus respectivas familias. : él en Andalucía y ella en Cataluña. “Tenemos que comenzar de nuevo, y el problema ahora es no mirar y no encontrar, pero ni siquiera tengo la opción de mirar”, se lamenta. El profesor de economía de la UPF, Sergi Jiménez, asegura que las víctimas de esta nueva crisis serán precisamente los jóvenes que trabajan en sectores precarios. “A mayor calificación laboral, menos impacto sufrirán”, dice.

Hace cuatro años, un tercio de los dieciocho compañeros de García que habían estudiado en la universidad querían trabajar en el sistema educativo. Una cifra que en este tiempo ha aumentado aún más. Sara García, que había estudiado biología y tiene dos maestrías y un doctorado, se ha agregado a esta lista. “No pude investigar porque era muy complicado y tampoco quería salir. La opción más viable que vi fue estudiar la maestría para ser maestra”, explica. El año pasado, se inscribió en la lista de pasantías e hizo una breve sustitución, que combinó con su trabajo como maestra de escuela de idiomas. Al comienzo de este año académico, recibió otro reemplazo en un instituto en El Prat de Llobregat. “La persona que estoy reemplazando está apagada, pero no sé cuánto tiempo”, explica. A pesar de la incertidumbre, no quiere enfrentar el futuro de una manera pesimista. “El sector educativo resistirá y quiero pensar que volverá a la normalidad”.

Por el momento los únicos entradas que ha recibido del Departamento de Educación sobre el futuro de los interinos y sustitutos son “vagos”. No cierra la puerta al tratar de trabajar en el mundo de la biología, aunque dice que no lo echa mucho de menos porque “el plan Bha resultó ser un buen plan”.

Según el profesor de la UPF, el sector educativo siempre ha tenido el atractivo de ser estable, pero advierte que en los últimos años esta etiqueta ha cambiado. Una declaración que corrobora a la propia García, pero también a Roser Bursó y Anna Mateo. Hace cuatro años, ambos querían trabajar en educación. En ese momento, Bursó, que es musicólogo, estaba de gira por Asia con su compañero. La decisión se tomó combinando tres trabajos (en un hotel, como profesora de música y francés y como camarera los fines de semana) y no convertirse en un milenista. “Logré redirigir la crisis existencial que tuve durante el viaje”, explica. Cuando regresó a Cataluña, el 31 de diciembre de 2016, trabajó como administrador en dos empresas. “No me trajo nada”, dice. Y fue en este punto cuando decidió estudiar una maestría en pedagogía Montessori. Actualmente trabaja en una guardería privada y escuela primaria que se estableció este año en Molins de Rei.

Futuro incierto

Aunque ha perdido dinero financieramente, dice que le apasiona su trabajo actual. El problema es que tiene un contrato temporal hasta el 30 de junio y muchas familias tienen problemas para pagar la tarifa porque han estado temporalmente sin trabajo. No está claro si podrá cobrar el próximo cheque de pago o si terminarán colocándolo en un archivo de regulación de empleo temporal (ERTO). “No sé qué pasará, estoy nervioso y no puedo dormir”, admite. En cuanto a Mateo, quien es químico, finalmente logró estudiar una maestría para convertirse en maestra después de perder su trabajo. “Lo hice en una universidad privada en línea”, dice. Antes de obtener su título, la llamaron para su primer trabajo en una escuela secundaria durante un mes y medio. El año pasado estuvo en un centro en Cerdanyola y este, de forma temporal en Ripollet. “No tengo miedo de perder mi lugar porque estoy en un centro de baja demanda”, explica. Sin embargo, Mateo planea postularse en la oposición, que se ha pospuesto de julio a septiembre para lograr la tan esperada estabilidad.

Por otro lado, Albert Enrique no ha sufrido en estas dos crisis en el trabajo. Estudió ingeniería química superior y antes de terminar su carrera ya tenía un trabajo. Hace cuatro años comenzó a trabajar en una farmacia, donde ocupó diversos cargos. Su objetivo es convertirse en jefe de producción. “Donde he visto la crisis económica es en los salarios. Ahora, a pesar de tener más responsabilidades, son más bajas que hace 15 años”, explica.

Según Jiménez, aún es difícil saber cuánto durará la crisis del coronavirus. “La respuesta depende de cuánto tiempo llevará reanudar la actividad”, insiste. Sin embargo, deja en claro que el impacto que sufrirán estos jóvenes dependerá, además del tipo de trabajo que tengan, de si se consolidaron o no en su lugar de trabajo. Entre los afectados por la doble crisis, solo se repite un deseo: “Esperamos no volver a hablar de esto, porque significará que las cosas nos van bien”.

26%

Antes de la llegada de la crisis del coronavirus, el desempleo juvenil (hasta los 25 años) ya era uno de los principales problemas en el sector laboral español. De hecho, en Cataluña en el último trimestre de 2019, la tasa de desempleo entre los jóvenes ya alcanzó el 26%, según los últimos datos de la EPA. Los del primer trimestre de 2020 se harán públicos el martes.

Con muchos estudios pero sin trabajo estable

55%

La mitad de los jóvenes tienen más calificaciones académicas de las que se les pide en su lugar de trabajo, según datos del Barómetro Juvenil 2019 del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud. Esta sobrecalificación afecta más a los hombres (seis de cada diez la padecen) que a las mujeres, que son cinco de cada diez.

19%

Solo dos de cada diez jóvenes viven del dinero que ganan trabajando. Por otro lado, el 22% lo hace básicamente con sus ingresos, pero cuenta con la ayuda ocasional de otras personas, generalmente familiares, según el Barómetro del Centro Reina Sofía, que se preparó con jóvenes de hasta 29 años.

-34%

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, admitió esta semana que el 34% de todos los empleos perdidos desde el brote del coronavirus se concentraron en jóvenes menores de 30 años. Del 12 de marzo al 20 de abril, según datos del propio gobierno español, 485,000 han perdido sus trabajos en españa.

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